
Cuando Dean Wareham llegó a Chile, una antigua relación laboral terminó abriéndome la posibilidad de entrevistarlo y cubrir su concierto. Entre una videollamada desde California, un cassette firmado y canciones que me acompañan desde la adolescencia, entendí que mi interés por el periodismo musical nace precisamente de ahí: de poder convertir la música que amo en historias que puedan ser leídas, escuchadas y recordadas.
A comienzos de este año volví a mantener contacto con mis antiguos jefes en Rockaxis. Realmente nunca dejamos de comunicarnos, ya que, a pesar de haber terminado mi práctica en diciembre del 2025, seguían enviándome entradas para recitales que me llamaran la atención, obviamente no me iba a negar, pero en marzo volvimos a hablar de trabajo y coberturas.
La razón de esto fue el anuncio del concierto de Dean Wareham (fundador del grupo Galaxie 500) en mayo, músico insigne de los ruidos subterráneos, la dulzura del indie pop ochentero y la melancolía opresiva del slowcore. Fue una de esas pocas veces en las que sentí que debía asistir sí o sí a un concierto (como me pasó con The Magnetic Fields en 2022, imposible que vuelvan), y, además, tenía claro que nunca iba a alcanzar a comprar un ticket. Así que le escribí a Cote y Jean, mis viejos empleadores, comentándoles que tenía ganas de ayudar con la cobertura del show y así, ver si me podían conseguir alguna entrada de cortesía.
A grandes rasgos, las ganas de cubrir un concierto decantaron, afortunadamente, en una entrevista que realicé con Dean (él desde su departamento en California, yo desde mi pieza en Conchalí), y a pesar de que se demoró 30 minutos en conectarse, fue una experiencia enriquecedora y agradable a pesar de las barreras idiomáticas que a veces resultan tan difíciles de esquivar. El concierto también fue un momento emocionante: pude escuchar canciones que me llevan acompañando desde la adolescencia e incluso, charlar en persona con Wareham, que firmó mi cassette de Luna (la banda que formó después del fin de los Galaxie). Gran parte de esa jornada quedó documentada en un reportaje que realicé para Rockaxis y que actualmente se encuentra disponible en su página. Esa experiencia me hizo comprender el tipo de periodista cultural que quiero ser: poder hablar con quienes hacen las canciones que amo. Dicen que nunca debes conocer a tus héroes. En este caso, fue lo contrario.
Más allá de lo común que sabe hacer un periodista (o debería saber), como escribir noticias, utilizar las 5W, la pirámide invertida y cosas por el estilo, siento que puedo complementar las herramientas comunicacionales que he ido aprendiendo a lo largo de los años con mi amplio conocimiento musical, y así, poder unir las dos cosas que más me apasionan: la música y la escritura.
Me interesa la relación que tienen estas dos disciplinas, ya que ambas son formas de comunicar emociones, ideas y experiencias, a pesar de que utilicen lenguajes diferentes. La música puede transmitir sensaciones sin necesidad de palabras, mientras que la escritura permite detenerse en aquello que ocurre alrededor de una canción: quién la crea, desde dónde surge, qué historia tiene y qué significa para quienes las escuchan.
En ese cruce encuentro una de las razones por las que me interesa el periodismo musical: escribir sobre música no consiste solamente en describir sonidos o reseñar discos, sino en poner en palabras aquello que muchas veces resulta difícil de explicar cuando simplemente se escucha una canción. La escritura puede convertirse así en una forma de prolongar la experiencia musical, transformando una melodía, un concierto o la trayectoria de un artista en una historia que también pueda ser comprendida, cuestionada y recordada.
Películas que tratan temáticas similares a esta relación, como Almost Famous (2000) o High Fidelity (2000), me han servido, además, como referencias y retratos de a lo que deseo apuntar.
Mi público está en la gente que disfruta todo lo relacionado a la música de la misma manera compulsiva en la que yo lo hago. Espero que puedan encontrar en mis textos una lectura apasionada, en profundidad y abierta de mente. Siento que puedo aportar una nueva mirada al quehacer cultural a lo largo de distintas épocas, y como todo esto converge con la actualidad: los fantasmas del pasado repercutiendo en el presente. Así como también espero que mi estilo simple y literario sea recordado y entendido como una marca personal.
Si bien tengo un blogspot abierto hace un par de años, planeo comenzar a subir las publicaciones que más me identifiquen y satisfagan; una suerte de portafolio virtual donde puedan acceder quienes estén interesados en mi escritura y, al mismo tiempo, una forma de reunir en un solo lugar el tipo de periodismo que quiero hacer. Más que acumular textos, me interesa que ese espacio permita reconocer una línea: mi interés por la música y la cultura, pero también por las historias, los personajes y los contextos que existen detrás de ellas.
Si algo me ha demostrado mi acercamiento al periodismo musical es que escribir sobre música también significa aprender a escuchar: al artista, a su historia y al contexto que existe detrás de cada canción. Esa es la identidad que quiero construir como periodista. No busco solamente informar sobre lanzamientos, conciertos o artistas, sino encontrar en ellos historias que puedan ser contadas con profundidad y cercanía. Mi objetivo es que, cuando alguien se encuentre con un texto mío, reconozca una mirada: curiosa, narrativa y comprometida con la cultura. Porque, al final, quiero que mi nombre sea asociado a una forma particular de contarla.