Un aula en tensión
La convivencia escolar en Chile vive un momento crítico que no surgió de un día para otro. Las denuncias por agresiones, amenazas e indisciplina han aumentado en los primeros meses de 2025, revelando un deterioro sostenido.
Detrás de estas cifras hay profesores que deben lidiar con aulas desbordadas y con una autoridad cada vez más cuestionada. Para muchos, el simple acto de enseñar se transforma en un desafío emocional constante.

Fuente: ADN Radio / AlexLinch
La vocación que no basta
Felipe Altamirano, profesor de Historia y Ciencias Sociales, enfrentó ese desgaste durante su práctica profesional. En un colegio de Viña del Mar vivió episodios que lo marcaron profundamente. “Intentaba retomar el control, pero la respuesta era burla o indiferencia”, recuerda. Actividades interesantes no bastaban para sostener una clase que podía desmoronarse en segundos.
Altamirano asegura que no abandonó por falta de vocación: “Enseñar me gusta, y mucho”. Lo que lo empujó a salir fue la falta de respaldo institucional, un patrón que identifica como recurrente. Cuando buscó apoyo, las respuestas fueron lentas o simplemente no llegaron. Esa ausencia, dice, pesa más que el cansancio mismo.
Para él, el problema va más allá del carácter de los estudiantes. Se trata de un sistema que delega en el profesor toda la responsabilidad, pero que rara vez entrega protección real. “Hoy cualquiera puede grabarte, cuestionarte o denunciarte”, señala. Muchas instituciones, asegura, prefieren evitar el conflicto antes que defender a sus docentes.
Su renuncia refleja un fenómeno mayor: la autoridad del profesor ya no está garantizada, ni por los alumnos ni por los establecimientos. Cuando su figura se debilita, no solo se afecta el clima escolar, sino también la continuidad de carreras que podrían haber aportado al sistema educativo.
Otra vereda, otras dinámicas
Al otro lado del espectro aparece Christian Mac-Innes, quien trabaja directamente en un colegio de La Pintana. No es profesor, pero convive a diario con comunidades escolares complejas. Su mirada es distinta: asegura que hablar de una crisis transversal es exagerado. Según él, en la mayoría de los cursos sí existe respeto hacia el docente.
Reconoce episodios puntuales de violencia, pero cree que estos se amplifican porque llegan a los medios. Para Mac-Innes, el problema no es solo disciplinario: es laboral. “Es difícil mantener autoridad si estás agotado, mal pagado y estresado”, afirma. La precariedad, asegura, erosiona incluso la mejor disposición pedagógica.
En ese contexto, la autoridad docente se vuelve frágil. Cuando un profesor pierde la capacidad de ordenar la clase, pierde también la posibilidad de enseñar. Y cuando no puede enseñar, su identidad profesional se quiebra. Sin autoridad no hay aprendizaje, y sin aprendizaje no hay construcción social posible.
El error sería culpar únicamente a los estudiantes. El problema es sistémico: instituciones que evitan actuar, regulaciones que dejan al profesor expuesto y un país que exige resultados sin garantizar condiciones dignas. La tensión, acumulada por años, recae directamente sobre quienes educan.
Un patrimonio que se está perdiendo
La pérdida de autoridad no es un error individual ni un fallo de carácter. Es la consecuencia de un sistema que dejó de proteger a quienes educan. Altamirano optó por abandonar antes de desgastarse aún más. Mac-Innes sigue trabajando con convicción, aunque reconoce las tensiones del día a día. Ambos, desde lugares distintos, describen un escenario que pide cambios urgentes.
La educación no puede sostenerse únicamente con el esfuerzo emocional de los docentes. Tampoco es justo esperar que ellos resuelvan conflictos sociales que superan el aula. Reconstruir la autoridad pedagógica no es un gesto simbólico: es una necesidad estructural para que la escuela vuelva a ser un espacio de aprendizaje y no de supervivencia.
La pregunta no es si los profesores están perdiendo autoridad. La verdadera interrogante es cuánto más puede sostenerse el sistema sin que ese desgaste termine quebrando el corazón mismo de la educación chilena. El desafío exige voluntad política, apoyo institucional y una comprensión profunda del rol docente.