La educación frente a la desinformación: el desafío que hoy enfrentan los jóvenes

Los jóvenes chilenos han modificado profundamente la manera en que acceden a información política. Hoy, plataformas como TikTok e Instagram reemplazan a los noticieros tradicionales, creando un ecosistema donde lo viral suele imponerse sobre lo verdadero.
Para el profesor Sebastián Orellana, docente de Historia del Colegio Blumenthal, este fenómeno no es casual. Según explica, los estudiantes “creen estar informados, pero en realidad están consumiendo fragmentos sin contexto”, lo que genera una falsa sensación de conocimiento.
Esta transición ha despertado preocupación entre expertos y académicos, quienes advierten que la velocidad de circulación de rumores supera cualquier esfuerzo institucional de verificación.
El aula como primer muro de contención
Orellana observa que sus alumnos llegan a clase con discursos que no provienen de análisis propios, sino de contenidos repetidos desde algoritmos que favorecen emociones por sobre evidencia. Esta situación, afirma, “afecta directamente la forma en que interpretan la realidad”.
Por eso, ha transformado su sala de clases en un espacio donde la verificación es parte del aprendizaje cotidiano. Allí no solo se revisan hechos: se contrasta información, se analizan fuentes y se reconoce la intención detrás de cada mensaje.
Este enfoque busca que los estudiantes adquieran no solo conocimientos, sino también criterio. Para él, “pensar antes de compartir es un acto de ciudadanía responsable”.
El impacto emocional de la desinformación
La desinformación no afecta únicamente el intelecto, sino también las emociones de los jóvenes. Según relata el profesor, muchos experimentan frustración, vergüenza o incluso rabia al descubrir que difundieron información falsa.
Ese malestar, sin embargo, abre una ventana pedagógica importante. Orellana insiste en que el error puede convertirse en aprendizaje si se acompaña con reflexión y herramientas adecuadas.
En este punto, la labor docente deja de ser solo académica para convertirse en una forma de contención emocional frente al ruido digital que rodea a los estudiantes.
Brecha generacional y nuevas vulnerabilidades
Mientras generaciones anteriores crecieron con la idea de medios “serios” y jerarquías informativas claras, los adolescentes actuales enfrentan un mundo en el que cualquier usuario puede publicar contenido que aparenta legitimidad.
Esta igualdad superficial entre voces expertas y no expertas crea nuevas vulnerabilidades. Influencers, creadores de contenido y cuentas anónimas adquieren el mismo nivel de visibilidad que instituciones que trabajan con rigor informativo.
El profesor advierte que esta mezcla es “peligrosa” porque los jóvenes confían más en figuras cercanas a sus gustos que en fuentes verificadas.
Elecciones y participación: consecuencias reales
Durante momentos electorales, el efecto se intensifica. La desinformación no solo moldea percepciones políticas, sino que también influye en la participación ciudadana.
Orellana observa que algunos estudiantes se motivan a participar al ver contenidos políticos en redes, mientras otros se desenganchan porque sienten que “todo es mentira”. Este segundo grupo, afirma, es el que más le preocupa.
Votar desinformado o no votar son dos resultados que debilitan la democracia y revelan un problema estructural que va más allá de lo tecnológico.
Un rol docente que se reinventa
Para enfrentar este escenario, el profesor considera que los docentes deben reinventar su rol. “No podemos competir con la velocidad de las redes, pero sí con el análisis y el contexto”, declara.
El desafío no está en prohibir el uso de redes sociales, sino en enseñar a utilizarlas con intencionalidad y criterio. Según Orellana, “las redes no son el problema; el problema es no saber interpretarlas”.
Su visión invita a pensar la educación no como un muro que detiene, sino como una brújula que orienta.
Pensamiento crítico como herramienta de libertad
En sus clases, el profesor repite una frase que sus estudiantes conocen bien:
“Informarse bien no es aburrido; es un acto de libertad”.
Para él, la libertad informativa no consiste en consumir más contenido, sino en desarrollar la capacidad de distinguir lo que es confiable de lo que está manipulado.
En un entorno donde cualquier video puede ser editado y cualquier opinión puede hacerse pasar por dato, ese ejercicio de discernimiento se vuelve indispensable.
Conclusión: la urgencia de formar ciudadanos críticos
El testimonio de Orellana revela un desafío que no solo afecta a un colegio en Talagante, sino a todo un país que observa cómo la desinformación trasnforma practicas sociales, politicas y educativas
Hoy más que nunca, la formación ciudadana debe comenzar por la alfabetización digital. No basta con enseñar historia o ciencias sociales: es necesario enseñar a leer el mundo en su complejidad digital.
La pregunta que surge es inevitable: ¿estamos preparados para educar a una generación que vive entre pantallas, estímulos constantes y verdades fragmentadas?
La experiencia del profesor sugiere que sí, siempre que la escuela asuma un rol activo. Y, sobre todo, siempre que entendamos que pensar críticamente no es solo una habilidad académica… es una forma de vivir en democracia.