Fabian Ibarra
Al momento de entrar al mundo periodístico solo tenía claro una cosa: me convertiría en un orador, un contador de historias, un testigo directo de situaciones históricas para la sociedad. Sin embargo esas historias requieren contenido que se base en verdad, subjetividad, transparencia y mirada crítica. Ahí comprendí que este sería mi camino.
Debo confesar que al momento de entrar a las comunicaciones suponía que debía convertirme en un camaleón, saber tanto de política como de deporte y pasando por leyes y tecnologías. Sin embargo un proyecto de investigación en el área deportiva me cambió la mirada.
En base a un proyecto de podcast me metí al mundo de las radios y encontré mi potencial, desarrollé habilidades que sabía que tenía y otras que descubrí, como el liderazgo, capacidad resolutiva, un relato que llama la atención y sobre todo un rigor permanente en conocer la veracidad de la información.
Al principio creí no obtener resultados, hasta que dicho reportaje me llevó ganar un premio al quedar dentro de los 10 mejores de América en los AIPS sport media awards, los premios más importantes del periodismo a nivel mundial y aún sabiendo que habían más de 2.000 postulantes.
A partir de ahí hubo un antes y un después, sabía la dirección que quería pavimentar mi camino y ese era el mundo radial, dónde quizás es la plataforma que te lleva donde se debe formar un periodista, en la calle, con rigor, pensando que la información es para ayer y con un relato que te lleve a imaginar lo que está pasando.
Es cierto, me falta mucho por aprender y se que en esta profesión todos los días son distintos, pero para eso estamos hechos, para eso estoy preparado y las mejores habilidades que poseo son en función de lo que requiere un periodista.
La calle no da títulos, pero enseña a mirar
La sala de la universidad te enseña a estructurar una pirámide invertida, a citar fuentes con pulcritud y a entender la ética de la información. Todo eso es el armazón indispensable. Pero la arquitectura completa del periodista no se sostiene solo con teoría, necesita la vibración de las calles, el olor a café de prensa horario AM y la tensión invisible de quien te sostiene la mirada antes de responder.
Formarse en la calle es aprender a descifrar lo que no está escrito en las notas de prensa ni en los boletines oficiales. En el escritorio de una redacción, la realidad llega tamizada, masticada
por gabinetes de comunicación que buscan moldear el titular. En la calle, la realidad te atropella con su complejidad, sus contradicciones y sus matices.
Al aire libre es donde un periodista aprende la primera y más importante de las disciplinas: saber escuchar. No la escucha pasiva de quien sostiene una grabadora, sino la atención del observador que capta el tono de voz de un vecino indignado, la vacilación de un testigo o la dignidad silenciosa de quien lo ha perdido todo. La calle destruye los prejuicios cómodos y obliga a confrontar las ideas preconcebidas con la verdad cruda de los hechos.
Además, la calle enseña a gestionar la incertidumbre. En la calle no hay pauta fija ni guión garantizado. Aprendes a improvisar cuando una fuente falla, a reaccionar ante lo imprevisto y a desarrollar esa intuición casi animal el llamado “olfato periodístico” que te indica dónde hay una historia que merece ser contada. Te enseña a moverte, a saber a qué puerta llamar y a perder el miedo a preguntar.
Hoy más que nunca, cuando la información se consume en ráfagas digitales y las redacciones corren el riesgo de convertirse en procesadoras de contenido en masa, salir a la calle es un acto de resistencia profesional. Un periodista formado entre el ruido del tráfico y las conversaciones de café no solo cuenta lo que pasa entiende por qué pasa y a quién le importa.
La teoría nos da las herramientas para empezar, pero es la calle la que nos convierte, definitivamente, en periodistas.
Soy un fiel creyente que el alma del periodista no se forma en oficinas y la radio es el camino en dónde todo eso se puede presentar y en dónde mejor me voy a desenvolver.
Por eso, cada vez que enciendo el micrófono o salgo a recorrer las calles con la grabadora en mano, entiendo que la voz del periodista debe ser el puente entre la realidad y la gente. Mi meta no es solo informar rápido, sino dar contexto, emoción y rigor. El verdadero periodismo no se mide en la comodidad de un escritorio, sino en la pasión por salir a buscar la verdad y contarla.