
Cada día a las seis de la mañana, cuando el campus aún bosteza; él está ahí. El sonido de su escoba es el primero en hablar por los pasillos antes que las conversaciones de los estudiantes, incluso antes que las tazas de café de los profesores que imparten clases en el primer horario de la mañana. Barriendo papeles que no tiró, limpiando huellas que no pisó y acomodando sillas que no ocupará.
Viendo como cada semana cambian los afiches que gritan por las paredes anunciando las actividades por venir, las nuevas protestas o eventos que van a realizar los estudiantes. Escucha discusiones políticas, filosóficas y de cualquier tema de los cuales no participa, pero que aprende a reconocer; ve personas ansiosas, cansadas, angustiadas y felices, el universo completo de emociones que ve la universidad.
Los estudiantes pasan junto a él como si fuera parte de la infraestructura de la sede. pero al final del turno, el sabe quienes son todos ellos.
Al caer la tarde, cuando las salas de clases quedan vacías, vuelve a pasar su escoba, caminando los mismos pasillos que le dieron la bienvenida a la jornada, escuchando el eco de pasos que se alejan cada minuto más. Al salir de su trabajo, se lleva una certeza: este fue otro día en que pasó desapercibido.
Nuestro protagonista no tiene nombre, ya que nunca se lo han preguntado. Su identidad queda olvidada entre los pasillos, donde su presencia se reduce a un pequeño ruido de escoba y un piso brillante. Para algunos, su identidad se reduce al «auxiliar», una silueta presente cada día sin parecer tener historia propia.