De una parodia televisiva nacida en los estudios de TVN a un fenómeno cultural latinoamericano. 31 Minutos ha trascendido generaciones con su humor inteligente, canciones inolvidables y personajes entrañables. Entre museos, giras, un Tiny Desk histórico y una nueva película en camino, el noticiero de títeres creado por Álvaro Díaz y Pedro Peirano demuestra que la ironía y la ternura pueden ser la fórmula más duradera del éxito.
31 Minutos, la troupe chilena de títeres que nació como parodia noticiosa, vive un momento de celebración y visibilidad internacional Comenzando el 2025 su exhibición itinerante llegó por primera vez a México, con una gran puesta en escena de objetos, sets y títeres originales que pasó por el Museo Franz Mayer y luego por la Nave Generadores en Monterrey, donde miles de familias revivieron a Tulio, Juanín, Bodoque y compañía como piezas de museo y memoria colectiva.
Poco después, el grupo volvió a hacer noticia al ser invitado a Tiny Desk de NPR: un hito simbólico que los ubica junto a otros proyectos de títeres con audiencia global y que, en días, transformó en millones de vistas la magia de sus canciones y su humor.
Y en el horizonte cercano hay otra cita mediática: una nueva película ambientada en Titirilquén, donde la Navidad desaparece y Juan Carlos Bodoque emprende la misión de recuperarla, una propuesta que trae de regreso la mezcla de aventura, satírica ternura y canciones que hizo famosa a la franquicia, anunciada para estrenarse en noviembre del presente año.
La historia
Pero viajemos al principio, porque la historia de 31 Minutos se entiende mejor como un ensayo prolongado de reinvención. En marzo de 2003, en Televisión Nacional de Chile, se estrenó un noticiero distinto: formato serio, presentadores imposibles. Tulio Triviño, con su ego siempre por las nubes; Juan Carlos Bodoque, con su fuerte escepticismo; Patana, con su fuerte personalidad y guiones que hablaban a niños y adultos a la vez. La mezcla de sátira, música y guiños a la realidad chilena conectó pronto; el programa pasó de curiosidad a fenómeno cultural.
Con el éxito vinieron discos, giras y teatro: 31 Minutos se convirtió en banda en vivo, con conciertos que transportaban a la audiencia del living al estadio y a la vez abrían pequeños surcos de emoción nostálgica para los padres que crecieron con el programa. En 2008 la aventura saltó al cine con «31 minutos, la película», que consolidó la idea de que aquel noticiero era un universo narrativo capaz de sostener largometrajes y giras teatrales. Entre episodios, especiales y dos temporadas originales (2003–2005) más una reaparición televisiva en 2014, Aplaplac, la productora de Álvaro Díaz, Pedro Peirano y su equipo, fue alimentando un catálogo cultural que no dejó de crecer.
El 15 de diciembre de 2011 marcó un punto de inflexión en la historia de 31 Minutos: ese día, en el Centro Gabriela Mistral (GAM) de Santiago, el conjunto de títeres hizo su primer show completamente en vivo acompañados por Jorge González y su banda.
El primer show musical en vivo fue inesperado; no era un concierto anunciado con antelación como lo serían los de su gira, sino una aparición especial que mezcló estética de apertura de espacio cultural y la puesta en escena musical de los personajes de la serie. Teloneando a Jorge González, interactuando con él, y marcando lo que sería la primera vez en un escenario de los títeres con músicos en vivo.

Reinvención
Lo curioso de su trayectoria es cómo alternaron pausas y reinvenciones: ausencias en la pantalla que no supusieron desaparición en la escena pública; en vez de eso, 31 Minutos se trasladó a conciertos, montajes teatrales (incluso versiones irreverentes de clásicos), exposiciones y plataformas digitales. Los títeres dejaron de ser personajes de un noticiero para convertirse en emblemas que atravesaban generaciones: padres que cantan las canciones que escucharon de niños mientras llevan a sus hijos a ver la muestra o a un concierto.
31 Minutos
Hoy, con el museo, su Tiny Desk y una película nueva en camino, 31 Minutos parece celebrar una lección que siempre llevó en su ADN: la sátira bien hecha y la música sincera no caducan, se reinventan. Lo que comenzó como un experimento televisivo en Santiago se ha transformado en una maquinaria cultural que dialoga con la infancia, la memoria y la industria del entretenimiento latinoamericano, y lo hace siguiendo la misma regla sencilla de siempre: contar con cariño lo absurdo del mundo.