A las 2:47 AM del lunes, Almendra seguía tipeando. Llevaba ocho cafés, tres capítulos leídos por encima y un documento de Word que ya pesaba más que su propia motivación. En teoría, esa crónica tenía que estar lista hace dos días. En la práctica, apenas había comenzado a darle forma.
En quinto año de Periodismo, la recta final del semestre no es una línea. Es una cuesta empinada, resbaladiza y con niebla. Y ahí estaba ella, luchando contra el insomnio, el perfeccionismo y una pestaña abierta de YouTube con lo mejor de Miranda. Como si la música pudiera dictar la estructura de su texto.
—Esto no es lo que quería escribir —murmuró, cerrando los ojos un segundo.
Ese segundo se convirtió en veinte minutos. Se quedó dormida con la cabeza sobre el teclado. Cuando despertó, tenía una marca de barra espaciadora en la frente.
No era solo una entrega. Eran todas: el proyecto de título, el informe de economía, el video testimonial, el texto de Storytelling. Cada archivo abierto era una alarma silenciosa de que el reloj avanzaba más rápido que su capacidad de escribir.
En la Universidad Academia de Humanismo Cristiano
El enfoque crítico, social y ético del periodismo no se aprende en PowerPoint. Se vive. En terreno. Con responsabilidad. Y eso tiene un costo: pensar. Pensar bien. Pensar mucho. Pensar todo el tiempo.
Almendra no solo quería aprobar. Quería hacerlo bien. Que no fuera solo otra entrega más para la nota. Quería que su voz tuviera peso en un mundo saturado de ruido. Y eso, claro, también dolía.
Al día siguiente, llegó arrastrando los pies a la Facultad. Era martes. Faltaba 1 día para la última entrega y el aire ya se sentía como si alguien hubiese comprimido todas las expectativas en un solo pasillo. En la sala de redacción, cuatro compañeros dormían con la cabeza sobre sus computadores. Al fondo, Ignacio editaba su proyecto de título con audífonos puestos y una expresión de guerra en la cara.
—No puedo más —dijo Almendra, y nadie se rió. Porque todos entendían.
Pero entonces, algo cambió. La profesora de la asignatura, esa que siempre parecía saber lo que cada uno ocultaba, se acercó y le preguntó con calma:
—¿Para quién estás escribiendo?
Almendra no supo qué responder.
—Recuerda —agregó la docente—, las buenas historias no salen del agotamiento, sino del propósito.
Esa noche
Almendra borró su borrador anterior y empezó de nuevo. Ya no pensó en la nota, ni en las normas APA, ni en las comas mal puestas.
Y entonces entendió: no estaba terminando el semestre. Estaba cerrando un ciclo.
Ser periodista no era solo escribir. Era sostener una ética en medio del caos, era contar lo que otros callaban, era comprometerse con la verdad desde el humanismo y no desde el espectáculo. Eso se lo había enseñado la Academia.
Cuando entregó su proyecto final, no temblaba. No porque estuviera segura de tener un 7, sino porque al fin había escrito con sentido. Y aunque aún faltaban entregas, ya no sentía que estaba sola remando. Sabía que, como ella, sus compañeros estaban aprendiendo a resistir, a crear, a contar desde la incertidumbre.
Porque estudiar periodismo en la Universidad Academia de Humanismo Cristiano no es solo una carrera. Es una forma de mirar el mundo. Una forma de habitarlo críticamente. Y sí, puede ser agotador. Pero también es profundamente necesario.
Y Almendra lo supo en ese instante, frente al botón de “Enviar”: no se trataba de sobrevivir al semestre. Se trataba de aprender a narrar, incluso bajo presión. De eso, al final, se trataba todo.
No estás solo
Entre apuntes, trabajos y desvelos, muchas veces olvidamos algo esencial: nuestro bienestar mental. El estrés universitario no es una muestra de esfuerzo, es una señal de agotamiento. No lo normalices ni lo enfrentes sola/o. Hablar con un orientador, psicólogo o compañero puede marcar la diferencia.
Tu salud mental también es parte del estudio.
