
Durante más de tres meses investigué junto a colaboradores y un historiador de la Biblioteca Pedro Lemebel, la historia de la población Quinta Bella, en Recoleta. De esa experiencia pude confirmar las habilidades con las cuales quiero presentar mi marca: un periodista que trabaja con el rigor de archivo audiovisual, trabajo en terreno y voz profesional para dar rostro a los territorios más vulnerables.
Una escena que me representa
Viernes 15 de mayo de 2026. Frente a la puerta de la Biblioteca Pedro Lemebel, junto a la Casa de la Cultura de Recoleta, tras conocer las bases del proyecto presentado por el historiador de la Biblioteca, quien tras contarnos la historia de la Población Quinta Bella nos indicó la labor que realizaríamos durante nuestro proceso de práctica en el sector, dándonos material breve y una contextualización simple de las temáticas a tratar y el objetivo de la investigación.
Durante el desarrollo, más allá de indicaciones breves y enfoques sugeridos para trabajar las entrevistas en terreno, tuvimos libertad para abordar las gestiones, coordinación, recopilación de archivo y edición del material obtenido.
Al otro lado de esa puerta estaba Quinta Bella, un barrio con una iglesia levantada en 1864 y una historia que parte en 1550. Entendí que esa libertad era la verdadera prueba de la práctica: mi investigación sería tan sólida como mi disposición a planificar, preguntar y salir a buscar. Ese día descubrí mi rasgo central: no espero que me digan dónde está la historia; voy a encontrarla.
Lo que me distingue
Mi diferencia nace de una combinación de proactividad, buena disposición, voluntad para realizar gestiones, interactuar con las fuentes, fotografiar lugares emblemáticos, coordinar entrevistas, asistir al sitio de los hechos, demostrar confianza a la hora de interactuar con las personas involucradas y finalmente preparar preguntas adecuadas al contexto y estudiar a conciencia las temáticas contingentes.
La primera es el terreno. En Quinta Bella entrevisté a vecinos y figuras del sector, gestioné información con instituciones, archivos externos e historiadores, y produje notas periodísticas, transcripciones y piezas audiovisuales. Lo hice sin supervisión constante, con un plan de trabajo propio.
La segunda es la voz. Me formé como actor de doblaje en la academia Pro-voz en 2020 y gracias a eso aprendí herramientas para proyectar la voz al presentarme, narrar de manera interesante y con matices. Para contar una historia se necesita el contexto completo de los hechos y una narración atractiva que presente las evidencias.
La tercera es la respuesta bajo presión. En Radio Regionales, durante mi práctica de 2025, aprendí cómo funciona una sala de redacción y qué concentración exige una transmisión en vivo durante las elecciones presidenciales. A eso se suman mi experiencia en gestión cultural y animación de eventos, y mi voluntariado en el Hogar de Cristo, que me enseñó a escuchar a públicos muy distintos.
Mi personalidad de marca es la de un periodista metódico, cercano y resolutivo, capaz de investigar, redactar, hacer locución y editar. Esa polivalencia me permite cubrir todo el proceso informativo, desde la fuente hasta la salida al aire.
El periodista que quiero llegar a ser
Quiero ser un periodista de investigación y creador de contenidos especializado en memoria histórica, territorio y vida comunitaria. En términos de branding, mi categoría no es el periodismo general, sino el periodismo de reportaje.
Me dirijo a tres públicos: ciudadanos que buscan reportajes de profundidad, medios independientes que necesitan relatos locales verificados e instituciones culturales que quieren rescatar su patrimonio. A todos les ofrezco lo mismo: transformar archivos olvidados y datos fríos en narrativas con rostro humano, contexto y verificación en terreno.
Mi posicionamiento responde a una necesidad real. En un ecosistema saturado de inmediatez, territorios como Quinta Bella suelen mirarse solo desde el abandono y el narcotráfico, aunque guardan casi cinco siglos de historia. Mi diferencia es contar ambas cosas a la vez.
Mi razón para creer es mi propio trabajo: fuentes primarias, investigación documentada y una voz profesional que la hace llegar. Quiero que recuerden mis reportajes por el respeto a los testimonios, la contrastación de datos y la calidad técnica, y que mi firma se asocie a credibilidad, consistencia ética y utilidad pública. Al terminar de leer o escuchar una pieza mía, quiero que el público sepa algo nuevo sobre su ciudad y sienta que alguien se tomó el tiempo de escuchar, así como encontrar el valor de lo cotidiano que también se encuentra en las personas.
Mi nombre, mi voz y mi vitrina digital
Mi marca se firma como Eduardo Llancán Sáez Urquizar. Uso mi nombre completo porque es transparente, es único y permite que todo mi trabajo se reconozca bajo una misma identidad.
Mi identidad verbal es explicativa, empática y reflexiva: un lenguaje pulcro pero accesible, sin tecnicismos ni sensacionalismo. Mi identidad visual es limpia y documental: fotografía de terreno, tipografía legible y poca ornamentación. Aprendí en clases que el logo es solo el punto de partida; lo que construye reputación es la coherencia.
Mi vitrina principal será WordPress, donde publicaré reportajes, crónicas y registro fotográfico. LinkedIn será mi punto de contacto profesional, y redes sociales varias para la divulgación de los contenidos generados. Cada plataforma tendrá su formato, pero todas llevarán la misma firma y el mismo tono. Esa coherencia vale para un reportaje, un post o una cápsula: cada uno debe responder tres preguntas: qué verifiqué, a quién escuché y por qué importa.
Como ejemplo de la pieza que quiero publicar, propongo esta, basada en mi investigación en la Biblioteca Pedro Lemebel (mayo-agosto 2026):
Karoline Mayer: una vida entregada a Chile, la pobreza y la dignidad de los olvidados

(Karoline Mayer 1968)
Llegó a Chile en 1968 convencida de que era el último destino al que quería ir. Casi seis décadas después, Karoline Mayer continúa viviendo en una casa sencilla en la población Quinta Bella de Recoleta, donde sigue recorriendo las calles, visitando enfermos y proyectando nuevas iniciativas para Fundación Cristo Vive. Su historia es también la de miles de familias que encontraron en ella una oportunidad para reconstruir sus vidas.
Cuando Karoline Mayer recuerda el momento en que supo que debía venir a Chile, todavía sonríe con una mezcla de ironía y emoción. La religiosa alemana admite que este país era el único destino que no deseaba. Su sueño era viajar a China o India para trabajar entre los más pobres. Sin embargo, la historia tenía preparado otro camino. En julio de 1968 embarcó rumbo a Sudamérica sin imaginar que terminaría convirtiéndose en una de las figuras sociales más importantes del país y en fundadora de una organización que hoy atiende a decenas de miles de personas cada año.
Su vocación nació mucho antes de cruzar el océano. Creció en Alemania observando a su padre, enfermero durante la Segunda Guerra Mundial, atender indistintamente a soldados alemanes y rusos. Aquellas escenas marcaron su infancia y sembraron una convicción que nunca abandonó: dedicar la vida al servicio de quienes más sufren. «Yo quería hacer más o menos lo mismo», recuerda al explicar cómo descubrió, siendo apenas una niña, que el sentido de su existencia estaría junto a las personas más vulnerables.
Al llegar a Santiago fue destinada a un convento en Las Condes. La diferencia entre ese entorno acomodado y la realidad que descubriría poco después resultó determinante. Mientras estudiaba Enfermería Universitaria comenzó a realizar prácticas en Barrancas, donde conoció de cerca la pobreza extrema: niños con desnutrición, enfermedades infecciosas, ausencia de agua potable y familias que sobrevivían en condiciones precarias. Más que impactarla, aquella experiencia modificó para siempre su proyecto de vida. Comprendió que el conocimiento sólo tenía sentido si servía para aliviar el sufrimiento de otros.
Durante sus primeras vacaciones universitarias pidió un destino poco habitual para una religiosa. En lugar de regresar al convento, solicitó vivir temporalmente en una población callampa. Allí comenzó organizando alimentación para niños desnutridos junto a las propias vecinas, quienes propusieron recuperar alimentos que los supermercados descartaban diariamente. Con una olla de 150 litros y el trabajo colectivo de las mujeres nació una experiencia comunitaria que marcaría el inicio de una forma distinta de entender la solidaridad: no como caridad, sino como organización popular.
Karoline decidió entonces abandonar las comodidades del convento para instalarse definitivamente en una mediagua junto a la comunidad. Vivir en el mismo territorio donde trabajaba le permitió comprender que la pobreza no podía observarse desde fuera. Había que compartirla, conocerla y enfrentarla junto a quienes la vivían diariamente. «Nunca más me pude separar de esto, de servir a ellos», afirma al recordar aquellos años que consolidaron una vocación inseparable de las poblaciones chilenas.
El golpe militar cambió abruptamente la vida del país y también la suya. Fue enviada temporalmente a Alemania porque dentro de su propia congregación sospechaban que simpatizaba con el comunismo debido a su estrecho trabajo con los sectores populares. Sin embargo, regresó a Chile pocos meses después gracias al apoyo del cardenal Raúl Silva Henríquez, quien autorizó que realizara sus votos perpetuos viviendo en una población. La ceremonia se efectuó durante la Nochebuena de 1973, en medio de una comunidad golpeada por la represión y el miedo.
Ese mismo año recibió una nueva misión: instalarse en la población Ángela Davis, una toma de terrenos levantada por cerca de 1.700 familias en Conchalí. No existía infraestructura, jardines infantiles ni espacios comunitarios. Mayer comenzó prácticamente desde cero, formando educadoras entre las propias vecinas, impulsando jardines infantiles, promoviendo la organización social y enseñando que educar significaba mucho más que cuidar niños mientras sus madres trabajaban.
Las necesidades crecían al mismo ritmo que la crisis económica. Durante los años más duros de la dictadura llegaron a funcionar trece ollas comunes simultáneamente dentro de la población. Cada una alimentaba diariamente a familias completas que no tenían otra alternativa para subsistir. Paralelamente, los propios vecinos construyeron con tablas donadas la primera capilla del sector, bautizada como Jesús Sol Naciente, símbolo de esperanza en un período donde incluso elegir un nombre podía transformarse en un acto político.
Su compromiso también significó enfrentar directamente a las autoridades del régimen militar. Relata haber conversado con Lucía Hiriart cuando ésta visitó la población intentando acercarse a las vecinas, explicándole el profundo dolor que provocaban las detenciones y desapariciones. Tiempo después recibió incluso la visita de Manuel Contreras. Nunca ocultó lo que pensaba sobre las violaciones a los derechos humanos. «Para mí, que me maten, no tenía ningún miedo. Era el precio de lo que estaba decidida a vivir», recuerda al describir aquellos años en que protegió personas perseguidas y acompañó a detenidos políticos y sus familias.
648 personas en situación de calle fueron acompañadas durante 2025 por Fundación Cristo Vive mediante programas desarrollados junto a Costanera Norte y Autopista Central. De ellas, 62 lograron egresar definitivamente de la calle, iniciando una vida autónoma gracias al acompañamiento social, residencial y laboral.
A fines de los años ochenta sintió que la experiencia desarrollada en Ángela Davis estaba madura. Habían surgido jardines infantiles, consultorios, escuelas de oficios y múltiples organizaciones comunitarias. Entonces aceptó un nuevo desafío impulsado por el obispo de la zona norte: trasladarse a la población Quinta Bella, donde prácticamente no existía trabajo pastoral ni social organizado. Aunque la decisión le costó profundamente, comprendió que debía comenzar otra vez desde el principio.
Quinta Bella también tenía una historia marcada por la precariedad. Había nacido en la década de 1950 para albergar a familias que vivían a orillas del río Mapocho y perdían constantemente sus viviendas por las crecidas. Durante la dictadura la comunidad quedó prácticamente abandonada y sometida ante violencia policial. Mayer impulsó la recuperación del antiguo nombre del barrio, consiguió el terreno para levantar una capilla, organizó a los vecinos para retirar treinta y cinco camionadas de basura y volvió a construir, junto a la comunidad, un espacio pensado como punto de encuentro para todos los habitantes del sector.
Hoy, con más de medio siglo viviendo entre poblaciones chilenas, Karoline continúa habitando la misma casa sencilla de Quinta Bella frente a la Capilla Cristo vive. Todavía recibe vecinos que golpean su puerta, visita enfermos y participa diariamente en las decisiones de Fundación Cristo Vive. Para ella, el mayor desafío actual no es sólo la pobreza material, sino también la soledad de las personas mayores, el aumento del consumo de drogas y la necesidad de que las nuevas generaciones aprendan nuevamente el valor del servicio. «Yo opté por esta vida y quiero vivir con el pueblo», resume.
La organización que comenzó modestamente en las poblaciones de Conchalí se ha transformado en una de las fundaciones sociales más importantes del país. Durante 2026 desarrolla programas de salud, educación inicial, formación laboral, atención a personas en situación de calle, inserción laboral y acompañamiento comunitario, manteniendo el principio que inspiró a su fundadora: la dignidad de las personas debe estar por encima de cualquier condición económica.
Más de 2.000 personas se capacitan gratuitamente cada año en el Área de Oficios de Fundación Cristo Vive. Los cursos abarcan especialidades como gastronomía, electricidad, construcción, informática, confección, peluquería y cuidados, además de programas de reinserción para personas privadas de libertad desarrollados junto a Fundación Patérnitas. La iniciativa también trabaja con mujeres cuidadoras, jóvenes sin oportunidades y personas afectadas por el desempleo, buscando transformar la capacitación técnica en una herramienta concreta para recuperar autonomía y dignidad.
El trabajo de la fundación también ha fortalecido alianzas con el Estado. Durante 2026 el Ministerio del Trabajo y SENCE visitaron sus instalaciones en Huechuraba para conocer el programa «Fórmate para el Trabajo», que supera los dos mil egresados y mantiene una tasa cercana al 80 % de aprobación. Los talleres financiados por cooperación internacional y recursos públicos permiten que cientos de personas encuentren nuevas oportunidades laborales mediante certificaciones reconocidas.
La salud constituye otro de los pilares de la institución. El Cesfam Cristo Vive atiende actualmente a cerca de 27.700 personas inscritas, cifra que Karoline menciona con orgullo al insistir en que la calidad humana debe ser tan importante como la atención médica. Durante la campaña de invierno de 2026 el centro superó las 5.100 vacunas contra influenza sólo durante marzo, además de mantener campañas contra Covid-19, neumococo y Virus Respiratorio Sincicial, consolidándose entre los establecimientos con mejores coberturas preventivas de Recoleta.
27.700 personas se encuentran inscritas en el Cesfam Cristo Vive, donde trabajan 18 médicos y equipos multidisciplinarios que atienden diariamente a la comunidad bajo un modelo centrado en el trato digno y la acogida.
Karoline Mayer suele decir que nunca trabajó por un sueldo y que el mayor legado consiste en dejar una comunidad más justa que la que encontró al llegar. A sus más de ocho décadas continúa caminando por las calles de Quinta Bella convencida de que la transformación social comienza escuchando a quien golpea una puerta. La fundación que nació entre mediaguas, ollas comunes y jardines infantiles sigue creciendo, pero conserva intacta la idea que la impulsó desde el primer día: servir con amor, porque ninguna persona debería sentirse invisible dentro de la sociedad.
Una promesa profesional
Aquella mañana de mayo, frente a una agenda en blanco, entendí qué periodista quiero ser: uno que no espera la historia, sino que la busca en el archivo, en la calle y en la palabra de quienes la viven.
Esa decisión es mi promesa. Cada pieza que lleve mi firma será fruto de una investigación proactiva, verificada en terreno y contada con una voz cuidada. Mi propuesta de valor cabe en una frase: doy voz, con rigor, a los territorios que la historia oficial dejó en silencio. No busco el clic fácil: busco construir, pieza a pieza, una reputación que no se declara, sino que se gana.