Para Diego Parra, periodista egresado de la UAHC, hubo un momento en su vida en que subir hasta el tercer piso del campus era una tarea agotadora. De tener problemas físicos a entrenar cuatro veces por semana, hoy es protagonista de un proceso, en el que el ejercicio transformó su vida.

Entre las crisis de pánico, la hipertensión y los malos hábitos, Diego fue dándose cuenta de que su cuerpo comenzaba a resentir años de descuido. “Desayunaba leche entera con dos panes con huevo, queso y jamón; después galletas, dulces, y entre uno o dos litros de Coca-Cola al día”, recuerda. “Nunca comía frutas ni verduras, y la pizza, las papas fritas y las vienesas eran casi mi dieta base”.
Su día se resumía en pasar horas frente al computador, editando, jugando o simplemente evitando salir de su casa. El sedentarismo estaba deteriorando su salud. “Tenía crisis de pánico, dormía mal y me sentía mareado casi todos los días”, cuenta. El gimnasio apareció como un escape evidente de sus problemas físicos y emocionales: una forma de combatir el miedo y reencontrarse consigo mismo.
Lleva entrenando desde el 25 de agosto, una fecha que simboliza el ímpetu y la voluntad de cambiar las cosas. Comenzó modificando su alimentación: leche descremada en lugar de entera, stevia en vez de azúcar, y pan integral en lugar del blanco. Pequeños cambios que, por mínimos que parezcan, representan un progreso inmenso para él.
“Todavía no veo grandes cambios físicos, pero me siento mejor. Tengo más energía y siento que estoy ganando masa muscular”, afirma. Entrenar le ha permitido resignificar una existencia que venía siendo bastante difícil. Hoy, esa rutina lo ayuda a mantener la mente calmada y el cuerpo activo.
Su transformación no ha sido rápida ni mucho menos fácil, pero sí honesta. Más que buscar un físico ideal, Diego quiere mantenerse vivo, tranquilo y en paz consigo mismo.